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Benjamín Carrión

Nos hallamos frente al caso más desconcertante de aventura plástica de nuestra historia artística.

Aventura en magnitud de vuelo, no en menester de certidumbre. Aventura, en términos de hazaña, no en inseguridad de meta ni en obstáculos en el camino. Aventura, como la de Simbad el Marino, que sabe que en la tierra y el mar, dentro y fuera del hombre, está la verdad y el secreto de la vida.

Aventura como la de Cristóbal Colón, que sabe que lo único que le puede ocurrir, si la Tierra no tiene un más allí, es el inevitable más allá de la muerte. [...]

El problema de la unidad de técnica ha de ser planteado también frente a la obra de Guayasamín, como lo fuera respecto de Goya y, en la actualidad, respecto de Picasso. Esa variedad de épocas -y, por lo mismo, de concepción y técnica-, ha sido en veces interpretada como un signo de inseguridad, como una búsqueda de caminos, por no estar en la certidumbre de la ruta verdadera, desde el primer momento. Nada más absurdo y más contradicho en la historia del arte. [...]

Pero aquí están un hombre y una obra, con la intrepidez sencilla de la dación total, de la entrega sincera de todo lo que se puede ofrecer en madurez, como resultado de una vida consagrada al arte, de una vocación no frenada sino por las inflexibles ordenaciones substanciales de la estética.

Aquí están Oswaldo Guayasamín y sus cien cuadros. Concepción variada y unitaria. Análisis emocional, análisis intelectual, pero, sobre todo, análisis plástico de una tierra múltiple y de los diversos tipos de hombres que la habitan. Síntesis emocional, intelectual, pero, sobre todo, síntesis pictórica, esencial y tuétano de la verdad exterior e interior del pueblo que vive en este trópico tan bello, frío en veces, cálido las más.

Aquí están Oswaldo Guayasamín y sus cien cuadros. En ellos están los hombres y las mujeres, las flores, las montañas y los niños de esta tierra. Sus selvas misteriosas, su geología de catástrofe. La naturaleza y la vida conjugadas, apretadas en uno como injusto lazo de dolores que se resuelve unas veces en estatismo hierático y otras en dinamia frenética; las dos expresiones igualmente de incontenibles energías vitales, de inconformidad y rebeldía.

Lejos de la obra de Guayasamín la anécdota que indica referencias. Su pureza plástica es demasiado brutal para que se detenga en alusiones de historia o de leyenda. Muy lejos, por los mismo, del caso mexicano -tan extraordinario y admirable, desde luego- que utiliza la historia, la referencia, el dato: y por eso en ella han de aparecer personajes indicadores y explicadores...[...]

Tampoco en la obra de este pintor ascético, místico de la expresión plástica, hemos de hallar la anécdota localista, pintoresca, el folklore. Su honestidad estética le hace huir del recurso, del apoyo fácil, de la sensibilidad en la nota típica, en el detalle costumbrista. En esta inmersa teoría de trípticos, no se encuentra nada que, con toques de indumentaria o de particularidad regional, supla el poder de la pura expresión plástica, con los elementos de la forma y el color.

Guayasamín es un pintor telúrico y solar. Tierra y cielo le dan la materia íntegra de su obra. Solo, con su terrible soledad segura y agresiva, yo veo a Oswaldo Guayasamín parado, firmes sus pies sobre la tierra y admirativo bajo el sol, recibiendo todas las substancias que da la selva emborrachada por el calor solar, en el trópico; y la vaharada del llano, en la sierra, azotado también por el sol. Y los ojos bien abiertos, preguntando en actitud devoradora. Pregunta a la tierra engendradora de vidas y de muertes; pregunta a los hombres, pacientes de dolor o extáticos de júbilo. Sabe bien que los huesos del hombre conocen el retorcido dolor de la cal y que, momentáneamente, se hallan erectos, caminando en busca de un lugar cualquiera de la tierra, de la misma tierra genitiva yu matriz, para acostarse y volver al gran todo de la materia viva.

Las tres grandes estirpes humanas de Ecuador -Cam, Sem y Jafet de la leyenda bíblica-, el mestizo, el indio y el negro, han sido interpretadas en este gran poema plástico de Guayasamín. Es tanta la fuerza, el caudal, la grandeza del logrado intento, que al comentarlo, se nos vienen a la mente más bien pensamientos y palabras musicales. Sinfonía, orquestación, contrapunto, ritmo. Y acaso, en ciertos momentos e infantilidad, de dolor o de pureza, también temas melódicos, como en el tríptico de tema indio: "Fiesta-Iglesia-Procesión", en el tema mestizo: "Niña-Niña llorando-Niña"- y en el tema negro: "Niña negra-Los negritos-Niño negro".

Audaz y grande acaso como en ningún otro tema, Guayasamín nos da su interpretación del Cristo.

Cada unos de los anchos temas está tratado con una técnica peculiar, que no despersonalizada al pintor. Lo afirma más bien, en la seguridad de los medios que deben emplearse para la transliteración del pensamiento y la sensibilidad del artista hacia las materias de naturaleza y de humanidad que representa cada estirpe nacional.

Es tan dócil la materia al genio del pintor que en cada tema tratado -indio, mestizo, negro- ha podido darnos algo que es realmente difícil para la plástica y la literatura: la sensación fresca de clima. Y algo más difícil así: interpretación de realidades étnicas. Por eso, el tema indio está tratado con verdad humanizada, dentro de su generalizadora abstracción, gracias a formas y colores que sirven para expresar realidades definidas, aunque transidas de angustia. El tema mestizo, está interpretado por líneas y colores de transición e indecisión, como que el mestizaje es un estado indefinido aún en el proceso de fijación de rasgos y características dentro de lo ecuatoriano. Lo negro es la abstracción dinámica, pintura que camina y que danza y el colorido violento: las figuras cantan, se contorsionan, marchan, lloran. Por entre ellas se mete, perturbándolo todo, la realidad dinámica del Diablo, que unas veces, para asustar a los niños, es la Tunda y otras, para encender las lujurias, es el Beruné.

Guayasamín ha estudiando, se ha encontrado así mismo. ¿Meta definitivamente lograda? Sí, en su hora y su verdad, pero superable siempre, porque ésa es la esencia de la dinamia artística de que se halla poseído. Este hombre es una llama que no se consume como en los cascos trágicos de Gauguin y Modigliani, sino que se agiganta como los incendios de la selva, latigueados por el viento.

¿Pintor revolucionario? Sí. Revolución estética y revolución ideológica. Pero si la primera es producto de su extraordinaria capacidad expresiva, de su potencia de ser, de su anhelo de hablar lenguaje pictórico integral, sin anécdota, localismo ni literatura; la segunda, en camino, la revolución ideológica, es el trasunto de la esperanza y la justicia, consubstanciales en un hombre de bien, habitante del mundo en la época contemporánea. [...]

Oswaldo Guayasamín sigue el "camino del llanto" (Huacayñán) de su pueblo. Pero no con espíritu pesimista o de derrota: es la voz, la inmensa voz pictórica salida de su obra creadora que, con los medios irrefutables e implacables del dolor y las injusticias. De los cual surge, sin ademán ni tono cartelista, la gran rabia y la gran esperanza. [...]

Los tres afluentes corren, cada unos con su ritmo, hacia la integración de la nacionalidad, hacia la formación del hombre ecuatoriano: mestizo, indio, negro. Cada uno trae su forma y su color. Cada uno su verdad, su angustia y su certidumbre amargas. Cada uno su fuerza y su esperanza. Con el poder plástico de su síntesis, Guayasamín hace que esos afluentes lleguen al gran océano de la patria: el mural "Ecuador", que tiene todas las posibilidades con sus grandes paneles cambiables. Símbolo de la patria, verdad de ella. Pero, sobre todo culminación de una técnica de sabiduría y rigor cromático y geométrico, de color y forma. Grito formidable de quien, después de largo, bello y tremendo viaje por las selvas dantescas del arte -con claroscuro de idea, de consciencia (sic) e inconsciencia, con latiguedades realidades de color- dice: Llegué. Todos mis caminos me conducían acá. Mi itinerario está trazado por la vida de mi pueblo, por mi barro y mi seda. Mi itinerario es mi vida.

Pablo Neruda

Los nombres de Orozco, Rivera, Portinari, Tamayo y Guayasamín forman la estructura andina del continente. Son altos y abundantes, crispados y ferruginosos. Caen a veces como desprendimiento o se mantienen naturalmente elevados, unidos territorialmente por la tierra y por la sangre, por la profundidad indígena.

Guayasamín, entre los unos y los otros, emprendió en su obra el Juicio Final que les pedíamos a los solitarios del Renacimiento. Pocos pintores de nuestra América tan poderosos como este ecuatoriano intransferible: tiene el toque de la fuerza, es un anfitrión de las raíces, de cita a la tempestad, a la violencia, a la inexactitud. Y por ello, a vista y paciencia de nuestros ojos, se transforma en luz.

Suponemos que el realismo ha muerto. Y hemos celebrado el funeral porque no lo mataron los quiméricos, los irrealistas, sino los propios realistas que lo realizaron, extinguiéndose hasta presentarnos un realismo sin carne y sin hueso: la imitación de la verdad.

Guayasamín es uno de los últimos cruzados del imaginismo; su corazón es nutricio y figurativo, está lleno de criaturas, de dolores terrestres, de personas agobiadas, de tortura y de signos. Es un creador del hombre más espacioso, de las figuras de la vida, de la imaginación histórica.

Yo le tengo en mi santoral de santos militares, aguerridos, jugándose siempre el todo por el todo en la pintura. Las modas pasan sobre su cabeza como nubecillas. Nunca lo aterrorizaron.

Presento, y es mucho honor para mí, a este pintor germinativo y esencial, seguro de que su universo puede sostenerse aunque nos amenace como un derrumbe cósmico.

Pensemos antes de entrar en su pintura porque no nos será fácil volver.

Piero de Benedictis

Entre las montañas lo perdieron desnudo.
Sobre la mitad del mundo le llegó el crepúsculo
el cuerpo, mansamente como un cielo, apareció
y las primeras lluvias conoció.

Y sus ojos fueron ráfagas y gritos:
El hambre de noche, le dio piel al pueblo.
Jugando en el silencio, como un pájaro creció,
que la tierra padece, descubrió.

Guayasamín, se llama el hombre.
Prefiere ser pintor de los humildes
volando, como un mago, el continente
mezclando la ternura con la muerte.

Las formas, de a poco, le invadieron las dos manos
y su tiempo loco dibujo entre los arados.
La rabia fue la luz y los colores del amor
y América, furioso, caminó.

Siempre anda nervioso como águila en el aire
derramando vida entre mujeres y vino
él es un pescador de cien mareas
una revolución, un hombre, un niño.

Guayasamín, se llamaba el hombre.
Prefiere ser pintor de los humildes
volando, como un mago, el continente
mezclando la ternura con la muerte.

Piero – José

“A mis hermanos de la familia y la Fundación,
aquí va un poco de amor que le tenemos al eterno Oswaldo.”

Con ocasión a la muerte de Guayasamín

Abel Prieto

Para nosotros fue un entrañable amigo, un defensor incondicional de la Revolución, un hermano de sueños e ideales.
Abel Prieto, Ministro de Cultura de Cuba

Alberto Cortez

En la muerte de Oswaldo Guayasamín

Ha muerto Guayasamín.
He muerto.
Me deslizo por las laderas del misterio,
soberano e implacable
hacia su centro visceral,
en el viaje mi alma se desgrana
como una mazorca madura en
cada estadio de luz
subordinada a tu pincel y tu sortilegio

Llora Quito y lloro yo
en la inmensa soledad descarnada
de tu insólita partida.
En este mi cementerio interior
donde habitan mis afectos idos
que me someten implacables
al ciprés del recuerdo
levanto mi aterido corazón
hacia las cumbres
y entre el Cotopaxi
el Chimborazo y mi tristeza
instalo tu figura
en el techo de mis mitos
rampo por ella
y me avecino al cóndor
a su cálido nido
mullido en la gruta
de la cima total.
Dónde estás con sus polluelos
pretextando el futuro
acotado a la condición
del perpetuo vuelo.

¿Qué será me pregunto
de ahora en adelante
de tu pincel mayor
huérfano de luna?
¿Qué será me pregunto
de ahora en adelante
de tu potro menor,
el de apoyar milagros
el de amasar el pan
del color y las formas?.
Frente a qué “Pietat”
podremos hablar de amor
sin rubores ni fronteras
tus escuderos de sueños y quimeras.
los del vino sano y señero
los del canto y el alba.

Ay Oswaldo. ¡Qué faena!,
se te ha dado por ser
el que no eras
y te has ido a morir
en una extraña ciudad
sin vocación de alas
ni condición de esteta.

Ha muerto Guayasamín.
He muerto.

 

Video Poema de Alberto Cortez a Oswaldo Guayasamín en Youtube - haga clic aqui

Fidel Castro Ruz

La pérdida es irreparable, porque los hombres de su alta talla moral no se repiten. Ecuador ha perdido al Maestro, un notable e ilustre hijo. Cuba un amigo leal y sincero. América Latina, un honorable americano que supo reflejar en su arte, no sólo el sufrimiento de sus compatriotas, sino también sus culturas y sus virtudes…

No podemos admitir que murió, porque los hombres como él no mueren: se multiplican en sus pueblos…

Rigoberta Menchú Tum

Fue un hombre de convicción latinoamericana y luchador por la democracia. Su obra refleja su profundo compromiso con el progreso social y con los pueblos marginados y explotados. América pierde a uno de los hombres más destacados en el mundo del arte, pero también a uno de los más solidarios y humanistas que ha dado nuestra América en toda su historia. No hay palabra para expresar los sentimientos y los recuerdos que guardo y guardaré de este hombre que ha dado lo mejor de si por nuestros pueblos. Su memoria permanecerá en nosotros y será aliento permanente para quienes buscamos un mejor futuro para la humanidad.
Rigoberta Menchú Tum, Premio Nóbel de la Paz

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